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¿Qué es la guerra por desposesión de cuerpos femeninos?

Por Ariadna Estévez, UNAM. En su inconsistencia para mostrar el miedo de persecución específico de las mujeres y en la consistencia en altos índices de violencia sexual y sexista en los ámbitos púb…

Origen: ¿Qué es la guerra por desposesión de cuerpos femeninos?

¿Qué es la guerra por desposesión de cuerpos femeninos?

Por Ariadna Estévez, UNAM.

En su inconsistencia para mostrar el miedo de persecución específico de las mujeres y en la consistencia en altos índices de violencia sexual y sexista en los ámbitos público y privado, cifras son indicadores de que el sufrimiento de las mujeres ocasionado por la violencia contra el narcotráfico es independiente de la sistemática violencia sexual y de género que enfrentamos en los ámbitos privados y públicos de la sociedad mexicana. Además de la narcoviolencia, vivimos cotidianamente violencia sexual, física, económica y emocional que termina en esclavitud sexual comercial o doméstica y feminicidio. Esta es la sustancia empírica de La Otra Guerra.

¿Pero se puede conceptualizar de manera autónoma de la guerra contra el narco? El que las epistemologías del conflicto y la guerra sean androcéntricas no quiere decir que per se éstos fenómenos descarten la violencia que tiene como blanco a las mujeres exclusivamente. Necesitamos conceptualizar en la jerga del conflicto y la guerra la violencia que vivimos las mujeres para enmarcarla en discursos que visibilicen y politicen la epistemología de la explotación económica, el sometimiento violento y la destrucción de cuerpos femeninos.

La guerra por desposesión de cuerpos femeninos como nueva guerra

La guerra por desposesión de cuerpos femeninas se enmarca en la idea de las nuevas guerras, de Mary Kaldor. Ella dice que éstas no constituyen simples guerras civiles o conflictos de baja intensidad, conceptos ampliamente utilizados durante la Guerra Fría. Tampoco son guerras informales o privatizadas. Más bien, dice, son “posmodernas”, en el sentido de que es imposible distinguir lo público de lo privado, y los motivos económicos de los políticos. Un rasgo distintivo de las nuevas guerras es que se dan por la erosión de la autonomía del Estado, en particular la erosión del monopolio del uso legítimo de la fuerza, no sólo desde arriba –la legislación e institucionalización internacional, e incluso la sofisticación del armamento que se vuelve cada vez más destructivo, lo cual previene, regula e inhibe el conflicto interestatal- sino desde abajo y al interior, es decir, con la privatización de la violencia estatal, de los medios de coerción.

La feminista Laura Rita Segato Segato coincide con Kaldor, pero ahonda en el uso de la tortura y la esclavitud sexual que fueron paradigmáticas de las nuevas guerras ejemplificadas en Ruanda y la Ex Yugoslavia, y que apuntan a que existe un quiebre en lo qentendemos por guerra porque la violencia sexual son parte de la estrategia bélica, y los combatientes utilizan sus cuerpos para escribirse mensajes de odio.Creo que las definiciones de Kaldor y Segato  son un buen punto de partida para colocar el papel central del cuerpo de las mujeres en acciones de guerra, pero me parece que los siguen supeditando a una estrategia bélica que tiene como fin la dominación de un territorio para fines independientes a los del uso de los cuerpos femeninos. El cuerpo de las mujeres tiene un rol como mercancía y para los fines de la guerra misma de lo que estas autoras observan en los casos de las guerras que analizan e incluso en los casos del feminicidio en Ciudad Juárez que analiza Segato (2014).

Para poder analizar el rol de los cuerpos femeninos como mercancías en términos de una guerra propongo incluir dos elementos más: la necropolítica según Sayak Valencia y desposesión de Judith Butler. Con estos dos elementos propondré la idea guerra necropolítica por desposesión.

Necropolítica

Valencia adopta la necropolítica del camerunés Achille Mbembe quien reconstruye el concepto de biopolítica de Michel Foucault para proponer la necropolítica. La biopolítica se centra en los procesos que son específicos de la propia vida: nacimiento, muerte, reproducción, migración y enfermedad; y el campo biológico controlado por el biopoder se fragmenta en una jerarquía de razas, y los que están en la parte inferior son los que son abandonados para morir. Configura un “asesinato indirecto” porque poblaciones enteras mueren como consecuencia de que el Estado no esté haciendo algo por ellos. Su racionalidad, dispositivos, estrategias y luchas o resistencias que genera son diferentes a las del poder soberano y disciplinario (estadística, políticas uso administrativo de la ley en normas y reglamentos). La biopolítica es una tecnología del biopoder, de la misma forma que la necropolítica es una tecnología del necropoder.

En Mbembe, el necropoder  apela a la proliferación de armas y la existencia de mundos de muerte –lugares donde la gente se encuentra tan marginada que en realidad viven como muertos vivientes- que indican que existe una política de muerte (necropolítica) y no una política de la vida (biopolítica). Como Mbembe Valencia cree que es la muerte y no la vida lo que hoy en día se encuentra en el centro de la biopolítica transformándola en necropolítica. Sin embargo sostiene que su interpretación de necropolítica es geopolítica y contextualmente específica al caso de la frontera norte mexicana. Si la biopolítica controla los procesos vitales, las exigencias capitalistas han transformado en mercancías la vida y todos los procesos asociados, tales como la muerte. En las sociedades hiperconsumistas los cuerpos se convierten en una mercancía, y su cuidado, conservación, libertad e integridad son productos relacionados. Como mercancía cada vez más valorada, la vida es más valiosa si es amenazada, secuestrada y torturada. Aquí la violencia extrema y el hiperconsumo son elementos estructurantes de la construcción de subjetividades disidentes que resisten el poder estatal.

Desposesión

Para Butler la desposesión tiene dos acepciones: la primera es la de un sujeto descentrado de sí mismo, lo cual le permite delimitarse como sujeto y conectarse de forma relacional con otros y la sociedad; y la segunda es la que tiene que ver con el despojo de medios de subsistencia, lo que David Harvey llama “acumulación por desposesión”. Harvey reconceptualiza así la acumulación “originaria” de Karl Marx para reflejar “la depredación, el fraude y la violencia” que conlleva esta actividad que extrae los recursos de la naturaleza y la tierra para privatizarlos y lucrar con ellos. La acumulación por despojo se refiere a la biopiratería, la depredación ambiental, la privatización del agua, el saqueo de minerales y otras actividades que convierten la naturaleza en mercancía.

Butler dice que para ella la desposesión en la primera acepción es también determinante de la segunda, pues incluso cuando gozamos de derechos somos dependientes de un tipo de gobernanza y un régimen legal que nos confiere esos derechos y delimita nuestro actuar, de tal forma que antes de que exista una posibilidad de ser desposeído ya estamos fuera de nosotros mismos. Somos sujetos interdependientes cuyo placer y sufrimiento depende desde el principio de un ambiente sostenible, por ello cuando alguien nace en condiciones de precariedad extrema su vida se ve de entrada mermada. Esto quiere decir que la desposesión como despojo solamente puede entenderse en relación con ese antecedente, “solamente  podemos ser desposeídos porque ya estamos desposeídos” dice Butler. La interdependencia con el entorno establece la vulnerabilidad al despojo.

Esta idea constitutiva de desposesión subjetiva y objetiva permite entender cómo un entorno social misógino y de impunidad estructural de la violencia sexual y sexista es la condición de posibilidad para que sujetos violentos y misóginos escindan a las mujeres de sus cuerpos para ser esclavizadas, forzadas mediante violencia física, engaños y depredación a ser objetos sexuales desechables. El ambiente que nos descentra como mujeres es uno constituido por sujetos masculinos que no se relacionan para garantizar mutua autonomía sino para someter con violencia física y sexual a las mujeres para hacerlas objetos de placer masculino y de venganza contra un sistema económico que no les permite cumplir con sus propios estándares de lo que es ser un hombre (proveedor, y dominador de su entorno doméstico). Por otra parte, esta desposesión subjetiva es lo que permite que estos sujetos deshumanicen y se apropien de los cuerpos femeninos, comerciando con ellos en la economía criminal que reproduce el Capitalismo Gore.

¿Pero en qué momento se puede asegurar que esta desposesión constituye una guerra? La guerra por la desposesión de cuerpos se da en acto de la extracción, es decir, cuando los hombres hiperviolentos se enfrentan a las mujeres para adueñarse violentamente de sus cuerpos para su uso comercial y disfrute personal. Por ello la guerra necropolítica por desposesión no es entre bandas criminales que se disputan el control del mercado de drogas y la asociación con el Estado, sino entre hombres violentos y precarizados, y mujeres que se resisten a ser desposeídas de sus cuerpos. La guerra por los cuerpos femeninos tiene su primera línea de batalla donde están las mujeres más pobres y marginadas de las zonas rurales y conurbadas de las grandes ciudades; las que vienen de zonas rurales para trabajar en el mercado de cuidados y servicio doméstico; y las que viven en familias monoparentales comúnmente dirigidas por otra mujer precarizada.

Esos cuerpos son extraídos de sus dueñas a través de brutalidad física y sexual para ser esclavizadas y despojadas de su voluntad a través de la amenaza contra ellas o sus hijos, la tortura y la migración forzada. Luego de ser extraídos los cuerpos son usados en esclavitud con fines de comercio sexual o para controlarlos con fines de subordinación doméstica y sexual. Todas las mujeres tenemos la desposesión objetiva determinada por el Capitalismo Gore, pero estas mujeres nacen o se colocan eventualmente en desposesión subjetiva por su entorno precarizado, y por eso son las primeras en ir al frente en esta guerra.

La guerra por desposesión de cuerpos femeninos: fundamentando La Otra Guerra

Presentación del blog Desposesión de cuerpos. La otra guerra n México

De 2006 a 2015 se ha registrado el periodo más sangriento que México haya vivido en su historia reciente, uno que ha sumido al país en una crisis de derechos humanos con cifras de horror similares a las de las dictaduras militares: 163000 muertos, 23000 desaparecidos y 98500 refugiados. Estas cifras ponen a México en un nivel de sufrimiento similar al que se vivió en Argentina y Chile durante las dictaduras militares de los 1970s, sólo que en un contexto en el que el capital a proteger no es el corporativo legal sino el criminal, y los perpetradores no son sólo las fuerzas del Estado sino éstas entrelazadas con la delincuencia organizada. Esta violencia afecta a hombres y mujeres por igual.

¿O no?…

La cifra de refugiados de la ONU no dice cuántas de estas solicitudes eran de mujeres y cuántas de éstas pudieran haber sido por narcoviolencia u otra violencia, como la intrafamiliar o sexual. Las estadísticas sobre ejecuciones en la mayoría de informes de derechos humanos, victimización y criminalidad  no tiene consideraciones de género pero se sugiere que 90% de los muertos eran varones. Sólo las de desaparición forzada indican que 30% de las víctimas son mujeres. Pareciera que las mujeres estamos en medio de una guerra en la que nos toca ser las que organizan el duelo y guardan en privado las narrativas de pérdida. Pero un análisis de género de las ausencias en estos números y la búsqueda de otras cifras no relacionadas con la narcoguerra sugieren otra cosa: tan sólo de 2014 a 2016 hay 7000 mujeres desaparecidas, y de 1993 a 2015 se registraron 40000 feminicidios en los que estas mujeres fueron asesinadas como desenlace de una violencia sexual brutal. Esto evidencia que las mujeres también somos vícitimas de violencia.

¿Pero nos refugiamos, morimos o desaparecemos como consecuencia de la narcoguerra?

Mi hipótesis es que si bien en un principio la guerra contra el narco era una guerra fundamentalmente masculina –entre hombres por poder territorial y control del mercado de la droga- los objetivos económicos de ésta se desviaron a mercados y mercancías con igual valor comercial que la droga pero sin el creciente costo en riesgo y seguridad. Esta mercancía resultó ser el cuerpo de las mujeres. La mercantilización de las mujeres exacerbó la misoginia y el resentimiento por la lógica posfordista del trabajo en la que miles de varones están desempleados y ven en las mujeres una competencia que amenaza su masculinidad.

La mercantilización de los cuerpos femeninos, la exacerbación de la misoginia, la impunidad sistémica y los riesgos crecientes en el comercio de drogas han colocado a las mujeres como adversarias en otra guerra, una que es paralela a la narcoguerra y que protagonizan los mismos hombres involucrados en ella, pero también muchos de los hombres que han sido o pueden ser objeto de la narcoviolencia. Es una guerra en la que la  víctima de la guerra contra el narco también es potencialmente victimario porque lo que está en juego no es territorio ni poder ni control sobre el mercado de drogas ilícitas, sino la desposesión de los cuerpos de las mujeres para dominarlos sexualmente y lucrar económicamente con ellos.

La violencia que vivimos en esta guerra por la desposesión de los cuerpos femeninos queda subsumida e invisibilizada frente a la espectacularidad e intensidad de la narcoviolencia. El objetivo de este blog es visibilizar y nombrar la barbarie de esta guerra con precisión: no es la narcoviolencia sino la guerra por poseer los cuerpos de las mujeres para dominio masculino, esclavitud sexual y lucro económico. Este blog será un registro de la violencia sexual, doméstica, simbólica, económica, piscológica e institucional que desencadena en desaparición forzada y feminicidio, y que conforman la guerra por desposesión de los cuerpos de las mujeres.

Dra. Ariadna Estévez, UNAM.

Licencia Creative Commons
¿Qué es la guerra por desposesión de cuerpos femeninos? porAriadna Estévez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional.
Basada en una obra en: https://desposesiondecuerpos.wordpress.com/2016/06/01/que-es-la-guerra-por-desposesion-de-cuerpos-femeninos-2/

A propósito de “Nosotras no somos Ayotzinapa”: la falsa universalidad de #NosFaltan43

Autora: Dra. Ariadna Estévez, UNAM

Citar este artículo como: Estévez, Ariadna. 2016. “A propósito de Nosotras no somos Ayotzinapa: evidencia contra su universalidad”, en desposesiondecuerpos.wordpress.com. Mayo 28, 2016.

Hombres y mujeres críticos del capitalismo dicen que este sistema de producción y su envoltura discursiva de neoliberalismo nos afecta a todos y todas por igual, pues al final del día el capital especulativo, la extracción y explotación ambiental y de la tierra, la sobreexplotación laboral, y el comercio de bienes ilícitos incluyendo las drogas, las vidas amenazadas y la destrucción de cuerpos, son un lastre social que nos afecta a todas y todos por igual. Este discurso fundamentó el virulento ataque contra las feministas que se lamentaron que los feminicidios y las desapariciones de niñas y mujeres jóvenes en todo el país, así como la Marcha contra el Machismo conocida ya como Primavera Violeta o Movimiento A24, no hubieran recibido la misma atención social, mediática y de redes que la desaparición forzada de los 43 estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa, en Iguala, Guerrero. Con el título de Nosotras no somos Ayotzinapa, el artículo fue la excusa para insultar y acusar de extremistas y de fracturar “la lucha” a quienes escribieron y suscribieron esa postura en sus muros de Facebook y Twitter.

Quizá el título del artículo Nosotras no somos Ayotzinapa generó confusión en las redes porque muy pocos de quienes lo vieron en Facebook pasaron del enojo que les causó el encabezado, a leer el texto propiamente dicho. Pero el texto no subestimaba la importancia de la desaparición de los 43 estudiantes. Tampoco retiraba su apoyo a la causa “fracturando la lucha” como se acusó. Si se lee con detenimiento es evidente que se trata de un lamento , no un reclamo. Se dolía de que las vidas de 40,000 mujeres asesinadas desde 1993, y de las 7,000 desaparecidas desde 2011 no suscitaran movimientos de masas e indignación de la forma que lo hizo Ayotzinapa. No obstante en redes las autoras y quienes reprodujeron el texto –incluyéndome- fueron tachadas de feminazis, de odiar a los hombres, de ser indolentes y de dividir por anteponer su identidad de género por sobre la causa universal contra la represión.

En mi opinión el artículo causó molestia porque confrontó abiertamente un presupuesto que el movimiento de víctimas y el de derechos humanos asumen sin cuestionar, es decir, que la aparición con vida de los 43 representa una demanda de justicia universal frente a la violencia que vive el país. Nosotras no somos Ayotzinapa refuta este discurso dando ejemplos y aseverando sin concesiones que la violencia que vivimos las mujeres a manos de hombres se da fundamentalmente fuera de la violencia narco-estatal. Da cuenta de la otra violencia que se ha exacerbado paralelamente con la que ocasionó la tragedia de Ayotzinapa: la violencia sexual y sexista que sufrimos las mujeres, las adolescentes, las niñas e incluso los niños.

Evidentemente la pregunta clave aquí es si esa violencia tiene la magnitud y la misma trayectoria que la violencia narcoestatal. Una forma de saberlo es la aparición o incremento de solicitudes de asilo, que son los indicadores de conflicto o falla del Estado por guerras internas. Según los informes anuales de la ACNUR, de 2006 a 2015 un total de 98,547 mexicanos han huido del país. El análisis general de la ONU de sus propias cifras es que el principal motivo del éxodo es la narcoviolencia, pero éstas no tienen un análisis de género sólo proporcionan la cifra global por país. No se sabe cuántos de estos casi 100,000 nacionales de México son hombres y cuántos son mujeres. Lo mismo sucede con las cifras que producen Estados Unidos que es a donde se han la mayoría.

Como las cifras de asilo no arrojaron datos de género, consulté las cifras de desplazamiento forzado, que también son indicador de poblaciones que escapan de violencia sin cruzar frotneras. Las cifras producidas a nivel nacional fueron tan decepcionantes como las internacionales de asilo: no hay distinción de género. La preocupación en los informes nacionales sobre desplazamiento forzado es la violencia generalizada por actividades criminales (Comi, CNDH, ITAM). Como antecedente de este desplazamiento los estudios citan el generado por conflictos étnicos y religiosos, y el producido por violencia sexual en Ciudad Juárez. Si nos atenemos a estos informes, la violencia sexual sólo provocó desplazamiento en los 1990s. Por su parte el informe de desplazamiento interno internacional más importante, el del Internal Displacement Monitoring Centre (IDMC) reportó que de 2006 a 2014, por lo menos 481,000 personas habían sido desplazadas internamente en México. Tan sólo en 2014, 9,000 personas fueron desplazadas en 23 eventos masivos en Estado de México, Sinaloa, Tamaulipas, Chihuahua, Veracruz, Michoacán, Chiapas, Oaxaca, Coahuila y Ciudad de México. No se indica cuántas mujeres formaban parte de estos colectivos desplazados pero se asegura que el desplazamiento es por violencia criminal, en particular asesinatos y secuestros, el terror contra poblaciones locales; y extorsión, amenazas y corrupción e intimidación por parte de agentes estatales.

En contraste con la información producida en México que no contempla la violencia sexual más que como antecedente en el caso de Ciudad Juárez, las cifras del IDMC sin ser muy específicas por país, sí registra el desplazamiento por violencia sexual de manera regional. El informe dice expresamente que además de la violencia criminal, las mujeres enfrentamos otro tipo de abuso, uno que poco a poco van trazando los contornos de esa otra guerra: violencia sexual, violencia sexista y sexual en el hogar y esclavitud con fines de explotación sexual comercial. Según el informe 2015 del IMDC, 21,500 personas jóvenes de Guatemala, El salvador, Honduras y México han tenido que dejar sus países en búsqueda de protección internacional o simplemente para huir de violencia sexual sistemática y generalizada. El 87.44% de ellas (18,800) son mujeres. De estas mujeres, 23% son jovencitas de entre 12 y 17 años. Si nos atenemos a estas cifras, casi el 90% de las personas que huyen por esta violencia son mujeres jóvenes.

Esta tendencia en el desplazamiento tiene un correlato en las cifras sobre victimización y violencia sexual y sexista, desaparición forzada, feminicidio e impunidad. En primer lugar, sobre victimización y violencia sexual, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) dice que en 2012 más mujeres que hombres fueron víctimas de delitos graves tales como: violación  (82%); trata (82%); tráfico (81%); abuso sexual (79%); violencia intrafamiliar (79%); violación (71%); delitos contra la familia (56%); y delitos contra la libertad (83%). El índice de victimización indica esta tendencia se ha incrementado pues mientras en 2010 el 43% de las víctimas del delito eran mujeres, para 2014 el porcentaje ascendió a 51% y el de hombres disminuyó de 53% a 48%. http://www.inegi.org.mx/saladeprensa/boletines/2015/especiales/especiales2015_09_7.pdf

Con información de las autoridades judiciales sobre delitos sexuales, la CEAV confirma lo referente a la violencia sexual: 81% de las víctimas de delitos sexuales entre 2010 y 2015 fueron mujeres. En 60% de los casos los agresores eran conocidos, 24% de ellos parejas de vida o sexuales. En 40% de los casos las agresiones se dieron en escuelas, 31% en instituciones públicas y 5.3% en el hogar. Esto indica que la violencia sexual contra las mujeres no es necesariamente a manos de autoridades del Estado o de entidades legal-criminales, pero sí se da en espacios de la vida pública aun más que en el hogar, aun cuando el agresor es un conocido –amigos, familia extendida, maestros, jefes, compañeros de trabajo.

http://www.ceav.gob.mx/wp-content/uploads/2016/03/ResumenEjecutivoDiagn%C3%B3sticoViolenciaSexualCEAVmzo2016.pdf

La violencia sexista de orden privado también va complementando la falta de estadísitica sobre la persecución de mujeres. Por ejemplo, las cifras más recientes de violencia doméstica del INEGI (2011) indican que 44.8% de 24,566,381 mujeres casadas habían sufrido violencia en el hogar, con 25.8% de ellas reportando violencia física; 11.7%, violencia sexual; 56.4% violencia económica; y 89.2% violencia emocional. Esta violencia es más frecuente en Baja California, Sonora, Aguascalientes y Querétaro, y precupantemente en algunos de los estados con los índices de feminicidio más altos, como veremos adelante: Distrito Federal, Estado de México, Jalisco, Chihuahua, Nuevo León.

En segundo lugar, en las cifras de 2006 a 2014 sobre desaparición forzada se cotabilizaban  23,271 personas desaparecidas,  70% de los caules eran varones y 30% menores de 18 años.  Si bien la mayoría son hombres, hay tres datos que ligan a la desaparición forzada con la violencia sexual y sexista que está expulsando a las mujeres del país. Uno, como en el caso de la victimización, las mujeres como blanco de la desaparición forzada está a la alza: según datos analizados por la Revista Nexos, en 2011 había 1,930 más hombres que mujeres desaparecidos, pero en 2014 –año en que la desaparición forzada de mujeres tuvo su pico más alto- la diferencia cayó a 1,095. Esto indica que mientras que la tasa de hombres desaparecidos disminuyó en casi 1%, la de mujeres creció 49%. http://www.nexos.com.mx/?p=23811.

Dos, para 2015 unas 7,185 mujeres habían sido reportadas como desaparecidas, la mitad de ellas menores de 18 años, una cifra que coincide preocupantemente con la edad de mujeres desplazadas por violencia y trata sexual, y que indica que un porcentaje importante del 30% de personas menores de edad del total de desaparecidos eran mujeres: Según la ONU, la población menor de 18 años de desaparecidos es 1.8 veces mayor para niñas que niños. http://www.proceso.com.mx/427091.

Tres, los municipios con mayor número de mujeres desaparecidas de forma reciente están en estados donde hay mayor número de feminicidios: Estado de México, Guerrero, Jalisco, Nuevo León y Oaxaca; en estados donde se han ubicado desplazamientos forzados masivos como Tamaulipas y Coahuila; y donde la violencia intrafamiliar es más alta, como Sonora http://www.nexos.com.mx/?p=23811

En tercer lugar, respecto del feminicidio desde 1993 más de 40,000 mujeres han sido víctimas de feminicidio, es decir, de asesinato en razón de su función reproductiva, relaciones sentimentales, o por no cumplir con lo que la sociedad machista espera de ellas. Los estados con mayor índice de feminicidios concurren con algunos donde las tasas de violencia sexual y sexista y de desaparición forzada de mujeres son también más altas:  Chiapas, Chihuahua, DF, Guerrero, Jalisco, Estado de México, Nuevo León, Oaxaca, Puebla y Sinaloa. Seis de estos estados están en la lista con más desplazamientos forzados masivos – Estado de México, Sinaloa, Chihuahua, Chiapas, Oaxaca, Ciudad de México. Las cifras globales de homicidio indican que si bien los hombres tienen mayor probabilidad de ser asesinados, desde 2010 hay una tendencia a la alza en el caso de mujeres asesinadas de entre 20 y 30 años, lo que coincide con el incremento de feminicidios y violencia sexista en el hogar contra mujeres en ese rango de edad.

Esta violencia es sistemática debido a la impunidad. Lo que le da este carácter es estructural y sistemático es la impunidad que se vive en México. Mientras el incremento de la violencia que ha llevado a desplazamiento forzado nacional e internacional ya se ha demostrado, aquí se proporcionan los números que hablan de la impunidad que hay en la violencia contera las mujeres. Como en toda la estadística no demográfica, en el índice Global de Impunidad México 2016 (analiza datos de 2010 a 2012), hay nula consideración de género, pero en interacción con la estadística de violencia se pueden sacar algunas conjeturas informadas.

Según el índice, sólo 4.46% de los delitos consumados reciben sentencias condenatorias, lo que implica un índice de impunidad de 95%. La cifra negra de delitos no denunciados haría que esta cifra se elevara a 99%. Aun cuando este índice no reporta impunidad de delitos por género, se puede apreciar que aquellos lugares donde hay violencia sexual y sexista, desaparición forzada de mujeres y feminicidio, se ubica en Estados con márgenes que van de impunidad media (56-60%), como el DF, Chihuahua, Sonora y Chiapas; impunidad alta (65-70%), Jalisco, Puebla, Sinaloa, Tlaxcala; y muy alta (70-76%), como Estado de México, Nuevo León, Oaxaca, Tamaulipas, Coahuila y Guerrero.

Asimismo, la violencia intrafamiliar es el delito más frecuente en Chihuahua y San Luis Potosí, donde el nivel de impunidad es media, lo cual significa que no se investigan más de la mitad de los casos. Este delito también está entre los cinco más habituales en Baja California Sur, Nuevo León, Puebla y Quintana Roo. Si bien Chihuahua es de impunidad media, es donde están los índices de desplazamiento, violencia sexual y sexista y feminicidio más altos. Baja California Sur, Nuevo León y Quintana Roo tienen niveles de impunidad muy altos, y en uno de ellos, Nuevo León, la violencia sexista y sexual, la desaparición forzada y el feminicidio tienen uno de los índices más altos del país. De hecho, en Nuevo León, Puebla y Baja California es donde hay más averiguaciones previas por delitos sexuales (2010-2015).

http://www.ceav.gob.mx/wpcontent/uploads/2016/03/ResumenEjecutivoDiagn%C3%B3sticoViolenciaSexualCEAVmzo2016.pdf

Puebla tiene impunidad de rango alto, y está en la lista de estados con mayor número de feminicidios. También entre los estados con mayor recurrencia en el delito de incumplimiento de asistencia familiar se encuentran Chiapas, con altos índices de feminicidio; y Sonora, con alta tasa de desaparición forzada.

Como dije antes, el índice de impunidad no hace distinción de género, pero se pueden cruzar los niveles de recurrencia e impunidad en los delitos de lesiones y homicidio y los de violencia sexual y sexista, desaparición forzada, feminicidio y desplazamiento forzado. En cuanto a lesiones. Primero, el delito de lesiones está entre los cinco más frecuentes en casi todo el país, incluyendo los 10 estados con mayor índice de feminicidio, los ocho con mayor concentración de desaparición forzada de mujeres, los nueve con más violencia sexista y los 10 con mayor número de desplazamientos forzados masivos: Aguascalientes, Baja California, Baja California Sur, Chiapas, Chihuahua, Coahuila, DF, Guerrero, Guanajuato, Hidalgo, Jalisco, Estados de México, Michoacán, Morelos, Nayarit, Nuevo león, Oaxaca, Puebla, Querétaro, Quintana Roo, San Luis Potosí, Sinaloa, Sonora, Tabasco, Tamaulipas, Tlaxcala, Veracruz, Yucatán y Zacatecas. Segundo, el delito de homicidio está entre los cinco más recurrentes en  Chiapas, Guerrero y Sinaloa, donde la impunidad es de media a muy alta y donde el feminicidio es más común.

http://www.udlap.mx/igimex/assets/files/IGI-MEX_CESIJ_2016.pdf

Si son las cifras de desplazamiento y asilo las que pueden ser indicador de la existencia de uun conflicto armado, y éstas no existen o son escasas para las mujeres, ¿cómo puede hacerse un vínculo entre las cifras de victimización por violencia sexual y sexista, desaparición forzada, feminicidio e impunidad anteriormente expuestas, y la hipótesis de que miles de mujeres se están desplazando nacional e internacionalmente en busca de protección de esa violencia de la forma en que miles de hombres lo hacen en busca de protección de la violencia narcoestatal? La respuesta está en la información cualitativa.

Si bien no existen cifras de asilo por género, sí existen casos que han sido llevados antes las cortes migratorias y de asilo tanto en Estados Unidos como en Canadá. En los archivos generales a los que pude acceder, el número de casos de mujeres víctimas de persecución por negarse a pagar extorsión, ser testigo de un crimen o informante del narco, empresaria o propietaria de ranchos, son prácticamente inexistentes. Los casos de mujeres directamente vinculados a la guerra por el narco tienen que ver con su búsqueda de justicia o ser activistas contra el feminicidio o buscar justicia en el caso de una hija víctima de feminicidio. En este contexto las mujeres llegan acompañando a sus parejas perseguidas, y este parentesco es lo que las hace víctimas de persecución junto con sus hijos, hijas, cuñadas, madres, suegras, etc. porque muchos huyen en familias de hasta 20 o 30 miembros.

Las bases de datos más especializadas en género indican que las mujeres mexicanas igual que las guatemaltecas, hondureñas y salvadoreñas huyen por persecución femincida constituida de violencia sexista y sexual en el hogar, y sexual en lo público, frecuentemente perpetrada por alguna pareja o familiar relacionados con la delincuencia organizada. Las solicitudes de asilo de mujeres tienen que ver con el abuso de la pareja, incluyendo violencia sexual; violencia sexual no doméstica; normas sociales represivas; abuso infantil; e incesto. Los perpetradores son fundamentalmente parejas y padres que en algunos casos son agentes estatales que trabajan para los cárteles o que son protegidos por el pacto misógino de las instituciones públicas. En todos los casos las mujeres buscaron justicia pero las autoridades no la proporcionaron por misoginia institucional o servidores públicos abiertamente misóginos.

La ausencia de datos de género para las solicitudes de asilo a nivel global y en Estados Unidos y Canadá son un indicador claro de cómo la violencia contra las mujeres se minimiza al grado de su invisibilización. Para la estadística de refugio la violencia sexual y sexista no son motivo de desplazamiento. Sin embargo, como lo muestran los casos de mujeres que han huido del país, ellas presentan casos individuales –no subsumidas en casos por familia como ocurre con la violencia narcoestatal- motivados por violencia sexual y sexista  de niveles de brutalidad. El que las epistemologías del conflicto y la violencia sean androcéntricas no quiere decir que no haya evidencia que apunta a la existencia de conflictos armados que tienen como blanco a las mujeres exclusivamente. Necesitamos conceptualizar en la jerga del conflicto y la guerra la violencia que vivimos las mujeres para poder entender por qué en México Nosotras No somos Ayotzinapa.

Licencia Creative Commons
¿Qué es la guerra por desposesión de cuerpos femeninos? porAriadna Estévez se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional.
Basada en una obra en: https://desposesiondecuerpos.wordpress.com/2016/06/01/que-es-la-guerra-por-desposesion-de-cuerpos-femeninos-2/